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Capacitación y trabajo, la receta del éxito

La primera cooperativa de Argentina creada en contexto de encierro. 

En la esquina de Austria y Santa Elena, en el barrio de Barracas, hay una cabra que mira directo a los ojos desde la fachada de una casa antigua. “Cooperativa Kbrones” puede leerse rodeando el dibujo y hacia los costados se puede ver la estampa de sogas con ropa tendida. En el interior, detrás de pilas de pedidos y rollos de tela, se escuchan los motores de máquinas de coser. En el depósito –que hace las veces de oficina- se encuentra Julio Fuque, actual presidente y uno de los fundadores de la empresa. “En estos días vamos a viajar a Chaco para ir a dar una charla sobre cooperativismo a un penal”, explica mientras atiende el teléfono que no ha parado de sonar.

Kbrones, el nombre con el que bautizaron a la empresa, rinde honor a la obstinación de la cabra que enfrenta a la adversidad hasta alcanzar su objetivo. Nace en la unidad penitenciaria número 12 de Joaquín Gorina, de la Ciudad de La Plata. “Se inicia por la necesidad de trabajar, de la pregunta sobre qué hacer cuando recupere la libertad, ¿vuelvo al delito o me preparo con un buen oficio acá y salgo a enfrentar la realidad? Así fue como nos juntamos con un grupo de chicos con los mismos ideales, con el mismo objetivo, que era tener nuestra propia fuente de trabajo, que sirviera para luego darle oportunidades a otros compañeros”, cuenta Fuque.

Es la primera cooperativa que se crea en contexto de encierro en el país y la segunda en Latinoamérica. Cuando surgió la iniciativa de este grupo no había cursos de oficios en la unidad, ellos fueron los que propusieron que se dictaran y gracias a eso comenzaron a abrirse diferentes capacitaciones: “El servicio penitenciario dio una respuesta inmediata a nuestra demanda y el oficio que tomamos fue marroquinería. Empezamos a armar pequeños productos como monederos, billeteras y después artículos más grandes. Así descubrimos que todo esto que habíamos transformado con nuestras manos, se podía vender”.

El proceso de conformación de la cooperativa se dio en el mismo penal. Al principio comenzó como un microemprendimiento y cuando fue tomando fuerza se convirtió en una empresa autogestionada: “Cuando empezamos en la unidad y agregamos más compañeros, uno de los jueces nos otorgó un permiso para que algunos salieran a vender en diferentes ferias de La Plata; la custodia los llevaba en la camioneta. En 2009 nos dieron la matricula provincial, y en 2010 la nacional, cuando recuperamos nuestra libertad”, relata Julio.

El desafío fue poner en marcha Kbrones afuera, ya que no contaban con recursos económicos: “La verdad es que fue muy complicado salir y no tener nada. Pero al poquito tiempo me encontré con Marita y José -representantes de la Federación de Cooperativas de Trabajo de la República Argentina (FeCoTRA)- y ellos nos dieron una mano para alquilar un local, en ese momento, en La Matanza. Ahí pudimos poner cuatro máquinas que habían sido compradas con un subsidio que nos dio el Ministerio de Desarrollo Social del programa ‘Manos a la obra’. La verdad es que el Estado se ha comportado de una manera increíble y también nosotros hemos demostrado ser confiables. Porque siempre estuvimos muy seguros de los pasos que estábamos dando, porque era para poder reinsertarnos en la sociedad realmente; ser como cualquier persona que vive con su familia y que tiene una cultura de trabajo”, remarca Julio.

Una vez instalados, se dieron cuenta de que los artículos de marroquinería no les eran redituables, entonces, sin desanimarse, rearmaron el proyecto: “Descubrimos que teníamos otra salida que era el rubro textil. Nosotros nunca habíamos cosido, pero en la zona teníamos cerca La Salada. Y ahí empezamos a conocer los talleres clandestinos donde le pagaban monedas a los talleristas. Entonces íbamos a esperarlos para contarles sobre nuestra cooperativa textil y proponerles que vayan a conocerla, a escuchar nuestra propuesta”, rememora el presidente de Kbrones. Actualmente, la empresa cuenta con profesionales de la costura y se especializa en la elaboración de indumentaria laboral.

El trabajo social que realiza esta cooperativa es invaluable. La integran 22 asociados, entre los que hay liberados y gente recuperada del trabajo clandestino. Ellos no solo procuran mantener su fuente de empleo, sino que tiene la misión de inculcar dentro de las cárceles la cultura de trabajo a través del cooperativismo.  Julio Fuque y Marcelo Vargas (otro de los fundadores), junto con los profesionales de FeCoTRA- a donde ellos también pertenecen- recorren las penitenciarías de todo el país predicando los beneficios de la reinserción sociolaboral.

“Nuestro proyecto ahora es armar la primera federación en Argentina de gente privada de su libertad, que han armado cooperativas a nivel nacional. Vamos a juntarlas. En total hay nueve. Ya son 400 compañeros que hoy están trabajando y no reincidieron, están reinsertados, están pagando IVA”, reafirma Julio y agrega: “Nosotros, al liberado que aparezca, lo acomodamos como sea. Si no hay lugar acá, llamamos a la Federación para que lo recomiende en otra cooperativa. Porque también tenemos chicos que están laburando en otras cooperativas grandes.”

Con un panorama claro sobre la realidad que lo rodea, porque le tocó estar en ambos lados, y optó por hacer el bien, la voz de Julio suena segura y esperanzadora: “Nosotros creemos que con la educación; el trabajo y la cultura, se puede combatir el delito. Las cárceles están colapsadas de gente pobre, sin educación, que no tuvo oportunidad. Creemos que el servicio penitenciario tiene que estar para cuidar el perímetro, pero adentro tienen que haber psicólogos y psiquiatras, gente de oficios que te enseñen a trabajar para que cuando se termine una condena la persona salga insertada al campo laboral, a la sociedad”